Una joven enfermera se percató de que la estaba mirando fijamente.
Explicó en voz baja que las niñas habían sido encontradas juntas, abandonadas en las escaleras de la iglesia en plena noche, envueltas en la misma manta.
—Sin nombres. Sin notas —dijo en voz baja—. La gente está dispuesta a adoptar uno… tal vez dos. Pero nunca a todos. Pronto los separarán.
Apartado.
La palabra le toca como una cuchillada.
Pensó en la voz de Ana.
De su creencia de que la familia se elige, no se hereda.
Se le hizo un nudo en la garganta.
—¿Y si alguien se los llevará todos? —susurró.

La enfermera casi se echó a reír.
“¿Los nueve? Señor, nadie puede criar a nueve bebés solo. No sin dinero. La gente pensaría que ha perdido la cabeza”.
Pero Richard ya no escuchaba.
Se acercó a las cunas.
Un bebé lo miró fijamente con una intensidad sorprendente.
Otro extendiendo la mano hacia su manga.
Un tercero esbozó una sonrisa desdentada.
Algo dentro de él se abrió.
El vacío que había estado cargando se transformó en algo más pesado, pero vivo.
Responsabilidad.
—Me las quedé —dijo.
Una decisión que el mundo no entendió.
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