A finales de la década de 1990, su cabello se había vuelto gris y su espalda se había encorvado.

Una a una, las chicas se marcharon a la universidad, a sus carreras profesionales, a casarse.

La casa volvió a quedar en silencio.

Pero esta vez, el silencio no era vacío.

Se cumplió.

La noche en que la última hija se mudó de casa, Richard se sentó solo sosteniendo una foto enmarcada de nueve niños pequeños alineados como perlas en un collar.

—Cumplí mi promesa, Anne —susurró.

El legado