Cada una floreció hasta alcanzar su propia luz.

Sarah con la risa más sonora.
Ruth aferrándose tímidamente a su camisa.
Naomi y Esther organizando traviesas incursiones para robar galletas.
Leah con tierna bondad.
Mary con silenciosa fortaleza.
Hannah, Rachel y Deborah inseparables y charlatanas sin parar.

Siempre anduvo escaso de dinero.
Su cuerpo se desgastó por los interminables turnos de trabajo.

Pero nunca dejó que la desesperación se notara.

Para sus hijas, él era fuerte.

Y su fe lo hizo más fuerte.

Juntos, demostraron algo más elocuente que el prejuicio:

El amor es más fuerte que la sangre.
Más fuerte que la duda.
Más fuerte que el miedo.

La casa tranquila, otra vez