PARTE 2: El abogado de doña Catalina abrió el expediente y la sala pareció encogerse.
“Hace veintiocho años”, dijo con voz firme, “la señora Catalina Aranda perdió a su hija recién nacida durante un incendio provocado en una propiedad familiar en San Miguel de Allende. Le hicieron creer que el bebé había muerto”.
Me agarré de la mesa.
El bebé se mueve dentro de mí.
Yo no estaba entendiendo… o quizás sí, y por eso me estaba dando tanto miedo.
“Los documentos de defunción fueron falsificados. Hubo trabajadores sociales sobornados, archivos alterados y una cadena de adopciones ilegales que terminó llevando a la menor a casas hogar bajo el nombre de Mariana Torres”.
Sentí que las rodillas se me doblaban.
Toda mi vida creí que nadie me había querido.
Toda mi vida pensé que me habían abandonado.
Pero no.
Me habían robado.
Doña Catalina me miraba con un dolor que no se podía fingir.
“Yo nunca dejé de buscarte”, me dijo, apenas en un susurro.
Héctor golpeó la mesa.
“¡Esto es una locura! ¡Son mentiras! ¡Mariana, diles que yo te cuidé!”
Yo lo miré.
Ese hombre me había abrazado mientras yo lloraba por no tener familia. Me había escuchado decir que mi mayor miedo era que mi hijo naciera sin nadie que lo protegiera.
Y él ya sabía quién era yo.
El abogado continuó:
“Hace tres años, la empresa Luján Logística contrató ilegalmente a una firma de inteligencia privada para investigar posibles adquisiciones. En esa búsqueda encontraron una coincidencia genética en un expediente hospitalario. Esa coincidencia vinculaba a Mariana con la familia Aranda”.
Héctor abrió la boca, pero no salió nada.
“En lugar de reportarlo”, siguió el abogado, “el señor Luján se acercó a ella en la librería donde trabajaba. Fingió una relación amorosa, la aisló, la convenció de casarse y obtuvo acceso indirecto a un fideicomiso creado a nombre de la heredera Aranda”.
Un murmullo recorrió la sala.
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