Le expliqué lo indispensable. Sin adornos. Sin histeria. Al terminar, solo dijo:
—Entiendo.
—No te llamo para pedirte ayuda. Te llamo para que no digas mañana que nadie te avisó.
—¿Piensas hacerlo público?
Miré el mar frente a mis ventanales.
—Pienso hacer lo correcto. Si eso ocurre delante de doscientos invitados, será culpa de Diego, no mía.
Alicia tardó dos segundos.
—Estaré allí.
Colgué.
Después fui a mi clóset, saqué un vestido color esmeralda de seda sobria, perlas discretas y mis zapatos bajos favoritos. Si una va a arruinarle la boda a su hijo, al menos debe hacerlo cómoda.
A las seis de la tarde llegó Héctor con una carpeta gris. Entró al departamento con su seriedad habitual, vio mi tranquilidad y dejó escapar media sonrisa.
—Sabía que ibas a escoger el camino escénico.
—Me conoces demasiado.
Abrió la carpeta sobre la mesa del comedor.
—A ver. Ya quedó revocado formalmente el poder. Notificamos al banco, al Registro Público y a la notaría donde intentaron protocolizar la compraventa. El depósito por la supuesta venta quedó identificado. Si el comprador actuó de buena fe, recuperará su dinero; si no, se mete al problema con Diego. Además, preparé denuncia por administración fraudulenta, uso indebido de facultades y lo que resulte. No la presentaremos hoy… a menos que tú quieras.
—Mañana después de la ceremonia. Quiero verlo sudar primero.
Héctor me observó por encima de sus lentes.
—Sigues siendo una mujer peligrosa, Teresa.
—No. Solo dejé de ser indulgente.
Revisamos papeles durante dos horas. Había algo casi terapéutico en ver por escrito lo torpe que había sido mi hijo. La “venta” del departamento tenía errores básicos: descripción incompleta del inmueble, facultades mal citadas, ausencia de firma digital de la administradora de la sociedad, destino del pago a una cuenta personal sin relación con la holding. Un estudiante mediocre de Derecho habría dudado. Pero Diego nunca fue mediocre para aparentar; lo suyo era peor: se creía intocable.
Antes de irse, Héctor me miró con cierta compasión.
—Teresa, todavía puedes hablar con él esta noche. Darle una salida discreta.
Negué.
—No. Toda su vida le di salidas discretas. Pagaba sus deudas, cubría sus mentiras, justificaba su flojera. Mira en qué se convirtió. Ya no voy a rescatarlo de sí mismo.
Dormí bien.
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