Don Rogelio se levantó tan rápido que el sillón pegó contra la pared.
—No vengas con novelas, Mariana.
Ella lloró, pero no se echó para atrás.
Dijo que no podía perder a ese bebé.
Dijo que algún día iban a entender.
Dijo una frase que a su padre le sonó a desafío:
—Si obligan a que este niño no nazca, un día todos se van a arrepentir.
Don Rogelio le señaló la puerta.
—En esta casa no vas a meter una vergüenza sin nombre. O arreglas ese problema, o te vas.
Beatriz empezó a llorar.
Pero no abrió la boca.
Menos de 1 hora después, Mariana estaba en la banqueta con una maleta vieja, $430 en efectivo y una chamarra delgada.
Su madre la miraba desde la ventana, con la mano en la boca.
Pero nunca abrió la puerta.
Esa noche, Mariana durmió en la central de autobuses.
Al día siguiente se fue a la Ciudad de México, donde una amiga de la prepa le consiguió un cuartito detrás de una estética en Iztapalapa.
Ahí empezó de cero.
Vendía tortas en la mañana.
Lavaba platos en la tarde.
Estudiaba contabilidad por internet cuando el cuerpo ya no le daba.
Y después nació su hijo.
Lo llamó Mateo.
Mateo creció flaco, serio y curioso. Tenía unos ojos intensos, como si desde bebé mirara cosas que los adultos preferían esconder.
A los 10 años, mientras partían un pastel barato de chocolate, hizo la pregunta que Mariana había temido durante años.
—Mamá, quiero conocer a mis abuelos. Aunque sea una vez.
Mariana no tuvo miedo de volver.
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