PARTE 1
A los 19, Mariana llegó a la casa de sus papás con una prueba de embarazo escondida en la bolsa de su chamarra.
Vivían en una colonia tranquila de Puebla, de esas donde la vecina barre la banqueta, pero también cuenta quién entra, quién sale ya qué hora regresa.
Su mamá, Beatriz, doblaba ropa en la sala.
Su papá, Don Rogelio, estaba sentado frente a la tele, todavía con el uniforme gris de la fábrica de autopartes, las manos marcadas de grasa y la cara cansada de quien llevaba años tragándose el orgullo por un sueldo fijo.
Mariana no supo cómo decirlo.
Solo sacó la prueba y la dejó sobre la mesa del centro.
Beatriz dejó caer una camisa.
Don Rogelio apagó la televisión.
— ¿De quién es? —preguntó él, sin levantar la voz.
Mariana sintió que el aire se le atoraba en el pecho.
—No puedo decirlo todavía.
El silencio pesa más que cualquier grito.
— ¿Cómo que no puedes? —soltó Beatriz, pálida—. ¿Está casado? ¿Es alcalde? ¿Te hizo algo?
—No, mamá. Él era bueno. Pero si les digo ahora, todo se va a poner peor.
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