Brenda vestía de negro, impecable de pies a cabeza, con gafas oscuras que le cubrían los ojos a pesar de que ya había anochecido. Cuando vio entrar a Aurora, no lloró. Solo apretó la mandíbula.
—Señora Aurora, no tenía por qué venir —dijo Brenda con frialdad—. Daniel quería algo privado.
Aurora la miró fijamente.
—¿Privado? ¿Y su madre no cuenta?
Un murmullo recorrió la sala. Socios, empleados, amigos de la universidad y un abogado nervioso se quedaron paralizados. Nadie se atrevió a hablar. Todos sabían que Daniel y su madre se habían distanciado durante meses. Desde que Brenda entró en su vida, sus llamadas se acortaron, sus visitas dominicales desaparecieron y Daniel empezó a comportarse como si ver a su madre fuera una obligación.
Aurora nunca había confiado en Brenda.
No por dinero.
No por la diferencia de edad.
Sino porque había visto cómo Brenda le susurraba al oído a Daniel, le contestaba el teléfono cuando sonaba, respondía a sus preguntas y sonreía cada vez que firmaba documentos sin leerlos.
«Esa mujer no te quiere, hijo», le había advertido Aurora una vez. «Te ve como un negocio».
Daniel se había enfurecido.
«Basta, mamá. No todo el mundo intenta hacerme daño».
Después de eso, dejó de visitarla.
Y ahora estaba dentro de un ataúd.
Un ataúd que Brenda se negaba a abrir.
«No quería que la gente lo viera así», insistió Brenda. «Respeta sus deseos».
Aurora soltó una risa seca y dolorosa. —Mi hijo solía llamarme solo para preguntar si los frijoles necesitaban epazote. No te quedes ahí parada diciéndome que sabes lo que quería.
Brenda se acercó.
—Perdiste ese derecho cuando te entrometiste en nuestro matrimonio.
Las palabras golpearon a Aurora como una bofetada.
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