Sentía un ardor en el pecho, pero no retrocedió.
—Puede que sea entrometida, terca y lo que quieras llamarme —dijo Aurora—. Pero soy su madre. Y una madre no se queda callada frente a un ataúd cerrado cuando algo no anda bien.
El abogado intentó intervenir.
—Señora, legalmente, el cuerpo ya está preparado y…
—Legalmente, no me importa —lo interrumpió Aurora.
Dos empleados de la funeraria bloquearon el ataúd. Brenda alzó la voz por primera vez.
—¡No la dejen acercarse!
Ese grito la delató.
No sonaba a dolor.
Sonaba a miedo.
Con una fuerza inesperada, Aurora apartó a uno de los trabajadores. Llegó al ataúd, apoyó sus manos temblorosas sobre la tapa y respiró como si estuviera a punto de desgarrarse el corazón.
—Perdóname, hijo —susurró—. Pero tu madre está aquí.
Entonces lo abrió.
La habitación quedó en silencio.
Daniel yacía pálido dentro, con los labios ligeramente morados y las manos heladas cruzadas sobre el pecho.
Aurora se inclinó para besarle la frente.
Y entonces lo vio.
Un leve movimiento.
El pecho de Daniel se elevó.
Una vez.
Y otra vez.
Los ojos de Aurora se abrieron de par en par como si acabara de presenciar un milagro.
—Está vivo —susurró.
Nadie respondió.
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