Entonces gritó con todas sus fuerzas.
—¡Mi hijo está vivo! ¡Está respirando!
Brenda retrocedió tambaleándose, con el rostro pálido.
“Esto no puede estar pasando…”
Y todos lo entendieron.
Aquello no era sorpresa.
Era una confesión.
PARTE 2
“¡Llamen a una ambulancia!”, gritó Doña Aurora, abrazando a Daniel. “¡No se queden ahí parados mirando!”
Omar, el mejor amigo de Daniel, reaccionó primero. Le temblaban las manos mientras marcaba el número de emergencias.
Brenda intentó acercarse al ataúd, pero Aurora la detuvo con una mirada.
“No lo toques.”
“Está muy afectada”, dijo Brenda, tratando de recuperar la compostura. “No sabe lo que dice.”
“Sé perfectamente lo que digo”, respondió Aurora. “Y sé que querías que lo enterraran rápido.”
El abogado empezó a sudar.
Los paramédicos llegaron minutos después. Examinaron a Daniel, le dieron oxígeno, encontraron un pulso débil y confirmaron lo que parecía ser una emergencia.
Posible: estaba vivo, pero apenas.
“Sus signos vitales están peligrosamente bajos”, dijo un paramédico. “Parece una intoxicación por sedantes”.
Aurora sintió que el mundo se tambaleaba bajo sus pies.
Sedantes.
No un ataque al corazón.
No una muerte natural.
No la muerte tranquila que Brenda había descrito.
La ambulancia llevó a Daniel al hospital, y Aurora subió sin pedir permiso a nadie. Le sostuvo la mano fría durante todo el trayecto.
“Estoy aquí, hijo”, susurró. “No me dejes. Todavía me debes esa visita. Prometiste que comeríamos carnitas en Uruapan cuando el trabajo disminuyera”.
Mientras las sirenas resonaban en la noche, Aurora lo recordó todo.
Daniel había nacido cuando ella tenía veintidós años. Su padre desapareció en cuanto supo que estaba embarazada, dejándole solo un poco de dinero y una excusa de cobarde.
Aurora nunca lo buscó.
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