Vendía tamales, lavaba ropa, limpiaba casas y crió a Daniel entre el hambre, el cansancio, el miedo y el orgullo.
A los nueve años, Daniel reparaba radios viejas.
A los quince, ganó una beca de robótica.
A los dieciocho, se fue a Guadalajara a estudiar ingeniería.
«Todo lo que logre será por ti, mamá», le dijo en la estación de autobuses.
Y durante años, cumplió esa promesa.
La llamaba todos los domingos. Le enviaba dinero incluso cuando ella decía que no lo necesitaba. Le hablaba de su trabajo, sus sueños, su empresa.
Entonces llegó Brenda.
Era elegante, inteligente y ambiciosa. Empezó como directora financiera de la empresa de Daniel. En un año, ya vivía con él. Luego vino una boda íntima sin Aurora.
Daniel decía que era para evitar problemas.
Pero el verdadero problema era la mujer que estaba a su lado.
En el hospital, los médicos lucharon durante horas para salvar a Daniel. Aurora se negaba a salir de la sala de espera. Omar se quedó a su lado. Poco después llegó el comandante Raúl Salgado, primo lejano y policía estatal.
“Doña Aurora, esto no es un accidente”, dijo. “Nadie termina vivo en un ataúd por casualidad”.
“Entonces haga su trabajo”, respondió ella. “Yo ya hice el mío. Lo saqué”.
Raúl solicitó las grabaciones de seguridad de la funeraria, los registros médicos, los recibos de pago, los registros telefónicos y el certificado de defunción.
El primer hallazgo fue una mentira.
El médico que firmó el certificado de defunción de Daniel no trabajaba en el hospital donde Brenda afirmaba que lo habían atendido. Era un médico privado con un historial de recetas sospechosas.
El segundo hallazgo fue aún peor.
La funeraria había recibido el pago en efectivo con instrucciones específicas: ataúd cerrado, velorio breve y entierro antes de las nueve de la mañana.
El tercer hallazgo destruyó la historia de Brenda.
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