Cuarenta y ocho horas antes de la supuesta muerte de Daniel, ella había registrado un poder notarial que le otorgaba el control total de su empresa en caso de que él falleciera o quedara incapacitado. —No solo intentaba matarlo —susurró Omar—. Intentaba borrarlo de la historia.
Entonces Omar recordó un mensaje que Daniel le había enviado tres días antes:
—Si me pasa algo, encuentra a mi madre. Ella tiene la mitad de la llave.
Aurora no lo entendió al principio.
Luego sacó un viejo escapulario de su bolso. Siempre lo llevaba consigo. Escondida dentro de la tela había una pequeña llave de metal que Daniel le había dado años atrás.
—Me dijo que era por si alguna vez perdía la suya —susurró—. Nunca me explicó nada más.
Raúl investigó.
La llave abría una caja de seguridad en un banco de Guadalajara.
Dentro había una memoria USB, copias de contratos y una carta que Daniel había firmado cinco días antes.
En la carta, Daniel escribía que había descubierto millones en malversación de fondos, firmas falsificadas y transferencias a las cuentas de Brenda. Planeaba denunciarla. Si algo le sucedía, su madre decidiría qué pasaría con las acciones de su empresa.
Las últimas líneas eran cruciales:
“Si Brenda intenta reclamar el control como mi heredera, que sepa esto: cambié mi testamento. Mi madre, Aurora, es la albacea. Mi esposa no recibirá ningún control hasta que se investiguen las cuentas”.
Brenda no lo sabía.
Creía que ya había ganado.
Por eso lo perdió todo.
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