Al ser interrogada, Brenda intentó seguir fingiendo ser una viuda desconsolada.
“Amaba a Daniel”, dijo. “Estaba enfermo por el estrés. Solo seguí las instrucciones médicas”.
Raúl colocó frente a ella el certificado falso, las grabaciones, las transferencias bancarias y la carta de Daniel.
Brenda dejó de llorar.
Por primera vez, mostró su verdadera cara.
“Daniel era débil”, espetó. “Siempre pensando en su madre, en sus empleados, en hacer lo ‘correcto’. Así no se construye un imperio”.
—¿Qué le diste? —preguntó Raúl.
Ella apretó la mandíbula.
—Un sedante. Solo necesitaba unas horas. Una vez enterrado, todo habría terminado.
—Ibas a enterrarlo vivo.
Brenda desvió la mirada.
—No esperaba que apareciera esa vieja.
Cuando Aurora escuchó la confesión, no gritó. No insultó a Brenda. Simplemente se sentó con las manos entrelazadas, como si el dolor fuera demasiado intenso para expresarlo con palabras.
Esa tarde, un médico entró en la sala de espera.
—Doña Aurora… Daniel despertó.
Salió corriendo.
Daniel yacía en la cama, débil, con la mente en blanco.
Conectado a los monitores, con los ojos hundidos. Al ver a su madre, lloró como un niño.
“Mamá…”
Aurora se inclinó sobre él y le besó la frente.
“Estoy aquí, mi amor.”
“Perdóname”, susurró. “Te alejé porque le creí.”
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