—Eso es ilegal.
La jueza lo miró.
—Siéntese, señor Ibarra.
El audio comenzó.
Su voz llenó la sala.
—Necesito que el depósito se haga antes del viernes. Les estoy dando acceso a la negociación completa. Nombres, cifras, anexos, todo. Mariana no se dará cuenta hasta que sea demasiado tarde.
Después se escuchó otra voz.
—¿Está seguro de que puede conseguir los archivos originales?
Y Rafael respondió:
—Yo dormí en esa casa 8 años. Sé dónde esconden todo.
El silencio posterior fue devastador.
Sofía no estaba en la sala. Había dejado de acompañarlo en cuanto supo que el dinero al que aspiraba no solo no existía, sino que podía arrastrarla. Días antes le había enviado un mensaje frío:
“Necesito proteger a mi bebé. No puedo estar cerca de tus problemas.”
Rafael entendió entonces que ni siquiera ella lo había amado. Solo había apostado por él cuando pensó que ganaría.
Cuando Mariana fue llamada a declarar, la sala cambió de energía.
Ella caminó al frente sin mirar a Rafael. Juró decir la verdad y se sentó.
La fiscal le preguntó:
—Señora Santillán, ¿cuándo sospechó por primera vez del señor Ibarra?
Mariana respiró despacio.
—La primera vez que me llamó loca por hacer una pregunta lógica.
Rafael bajó la mirada.
—¿Puede explicar eso?
—Durante años, Rafael me hizo creer que yo era exagerada, insegura, insuficiente. Si preguntaba por una transferencia, me decía que no entendía de negocios. Si preguntaba por una mujer, me decía que estaba enferma de celos. Si notaba una mentira, él convertía mi dolor en un defecto mío.
Nadie interrumpió.
—Al principio quise salvar mi matrimonio. Después quise salvar mi dignidad. Y al final entendí que también tenía que proteger la empresa que mi padre construyó durante 40 años.
La fiscal mostró una carpeta.
—¿Usted inició la investigación?
—Sí.
—¿Su padre lo sabía?
Mariana asintió.
—Mi papá estaba enfermo, pero no era débil. Cuando le mostré las primeras pruebas, lloró. No por el dinero. Lloró porque entendió que yo había estado soportando humillaciones en silencio para no romper a la familia.
Rafael sintió algo parecido a vergüenza. No culpa todavía. La culpa llegaría después, cuando ya no tuviera nada con qué distraerse.
—¿Buscaba venganza? —preguntó la fiscal.
Mariana miró por primera vez a Rafael.
No había odio.
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