—No me provoques —dijo él.
—Eso hiciste tú durante 5 años.
Rafael se acercó, bajando la voz.
—Si me hundes, puedo hablar. Sé de contratos, sé de socios, sé de pagos raros. Tu papá no era un santo.
Mariana soltó una sonrisa mínima.
—Mi papá no era ingenuo. Hay una diferencia.
—No puedes destruirme.
—Rafael, ya estás destruido. Solo sigues de pie porque todavía no te han avisado oficialmente.
Él se levantó furioso.
—Te vas a arrepentir.
Mariana también se levantó, tranquila.
—No. Esa parte ya la hice mientras dormía al lado de ti.
La frase lo persiguió durante semanas.
Después comenzaron las auditorías.
Una filial en Querétaro solicitó revisión de firmas. Un banco bloqueó movimientos. Un socio de Monterrey canceló una reunión. Un contador que antes le debía favores dejó de contestar. Luego apareció una notificación judicial en la puerta de su departamento.
Rafael buscó ayuda.
Nadie quiso recibirlo.
Un viejo amigo del consejo le dijo por teléfono:
—No puedo meterme. Esto viene desde arriba.
—¿Desde Mariana?
Hubo silencio.
—Esto viene desde hace años, Rafael.
La palabra años le hizo un hueco en el estómago.
Desesperado, usó una contraseña antigua para entrar a un archivo interno que todavía creía conocer. Revisó carpetas, correos, reportes. Lo que encontró lo dejó helado.
La investigación no había comenzado con don Ernesto.
Había comenzado con Mariana.
⏬ Continua en la siguiente pagina ⏬