3 años antes.
Había informes privados de hoteles, facturas, transferencias, grabaciones de llamadas, correos reenviados, reuniones con Sofía, pagos a empresas fantasma y hasta fotografías de Rafael entrando a un departamento en la colonia Roma cuando aseguraba estar en juntas fuera de la ciudad.
Mariana lo sabía todo.
No desde el funeral.
No desde el embarazo.
Desde mucho antes.
Mientras él la veía como una esposa débil, ella estaba armando una red de abogados, auditores y detectives.
Mientras él se burlaba de su silencio, ella convertía cada humillación en evidencia.
Pero Rafael todavía tenía algo peor que miedo: orgullo.
Si Mariana quería quitarle todo, él iba a golpear donde más le dolía.
Contactó a un competidor del Grupo Santillán. Ofreció información confidencial sobre una negociación minera valuada en millones de dólares. Envió documentos, claves y nombres.
Creyó que por fin había recuperado el control.
Hasta que recibió una llamada anónima.
Una voz masculina le dijo:
—Gracias, señor Ibarra. Acaba de entregar exactamente la prueba que faltaba.
Rafael se quedó sin respirar.
Al fondo de la línea, antes de colgar, escuchó una frase que reconoció de inmediato.
La voz de Mariana, serena, diciendo:
—Ahora sí, déjenlo correr.
PARTE 3
⏬ Continua en la siguiente pagina ⏬