La caída de Rafael comenzó un lunes, a las 7:12 de la mañana.
Primero tocaron a la puerta.
Luego tocaron más fuerte.
Cuando abrió, todavía con la camisa arrugada y los ojos inflamados por no dormir, encontró a 3 funcionarios con carpetas, una orden judicial y el rostro de quien no necesita explicar demasiado.
—Rafael Ibarra Mendoza —dijo uno—, queda notificado para comparecer por investigación de fraude corporativo, abuso de confianza, venta de información confidencial y operaciones con recursos de procedencia no comprobada.
Sofía apareció detrás de él en bata.
—¿Qué está pasando?
Nadie le respondió.
Rafael firmó con la mano temblando. Esa mañana le embargaron 2 autos, una cuenta de inversión y el acceso a una propiedad que él juraba que estaba a nombre de una empresa segura.
Nada era seguro.
Mariana había cerrado cada puerta antes de que él siquiera supiera que existían.
La audiencia inicial se celebró 11 días después en un juzgado de la Ciudad de México. Rafael llegó con un abogado caro que aceptó representarlo solo después de cobrar por adelantado. Caminó por el pasillo con la cabeza alta, aunque por dentro sentía que cada cámara, cada reportero y cada mirada lo estaba desnudando.
Al entrar a la sala, la vio.
Mariana estaba sentada en la primera fila, con un traje negro sencillo, el cabello suelto y el rostro sereno. No llevaba joyas llamativas. No necesitaba parecer poderosa. Lo era.
A su lado estaba Octavio Rivas, el abogado familiar, y detrás de ellos un equipo entero de especialistas financieros.
Rafael miró a Mariana con odio.
Ella no le devolvió el gesto.
Eso lo enfureció más.
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