—Podría haber elegido cualquier sitio —dijo Octavio—. Pero eligió el tuyo.
Durante años, Arturo había convencido a Mariana de que no entendía de finanzas. Tras la muerte de su padre, la aconsejó, la guió y la persuadió para que firmara documentos. Ella confió en él.
Entonces descubrió la verdad.
Había movido dinero sin autorización. Utilizó el apellido Alvarado para negocios personales. Puso en riesgo las propiedades familiares. Se jactó ante los inversores de haber salvado a la empresa de una “heredera sentimental”.
Durante catorce meses, Mariana no lo había confrontado.
Ella lo documentó todo.
Correos electrónicos.
Contratos.
Transferencias.
Grabaciones de audio.
Firmas falsificadas.
Y ahora, mientras Arturo brindaba con otra mujer en el piso de arriba, Mariana estaba lista.
—¿Están protegidas las cuentas? —preguntó.
Octavio asintió. “Sí. Los fideicomisos están a salvo. Los papeles del divorcio están listos. La demanda civil está lista. Su empresa también recibirá el informe el lunes.”
Mariana respiró hondo.
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