Esa mañana, antes de salir de su casa en Lomas de Chapultepec, besó a su esposa, Mariana Alvarado, en la frente y le dijo que iba a volar a Monterrey para reunirse con inversionistas.
Mariana solo preguntó con calma: “¿Monterrey otra vez?”.
—Eso son negocios —respondió, mirando su reloj—. No me esperes despierto.
—No lo haré —dijo ella.
Arturo no se percató del peso que había detrás de sus palabras.
Tras trece años de matrimonio, creía comprender a Mariana. Tranquila. Elegante. Útil en las cenas formales. Perfecta en las fotos familiares. Una mujer que nunca lo desafió.
Al caer la tarde, Arturo se registraba en el mismo hotel donde su traición comenzaría a desmoronarse.
No se percató de la letra A grabada en las puertas del ascensor.
No lo notó en los uniformes del personal.
No se fijó bien en el retrato de Don Efraín Alvarado, el fundador del hotel, que colgaba con orgullo en el vestíbulo.
Hombres como Arturo solo leen los nombres cuando creen que esos nombres les pertenecen.
Después de que él y Camila desaparecieran en el ascensor, la recepcionista hizo una llamada discretamente.
“Está aquí.”
Siete pisos más abajo, Mariana estaba sentada en una sala de juntas con Octavio Barrios, el abogado de su familia desde hacía treinta años. Vestía un traje azul marino y tenía el rostro de una mujer que ya había terminado de llorar.
Octavio colocó una carpeta gruesa sobre la mesa.
“Llegó con Camila Ríos. Suite presidencial. Cena mañana a las ocho.”
Mariana miró la carpeta.
“Él eligió este hotel.”
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