Las luces blancas del hospital me golpeaban los ojos cada vez que despertaba. Tenía las costillas vendadas, el brazo izquierdo inmovilizado y restos de sangre seca pegados cerca de la frente. Respirar dolía. Moverme era peor.
La noche anterior, un camión había cruzado un semáforo en rojo y aplastado mi automóvil como si fuera papel.
Apenas recordaba el impacto.
El ruido del metal.
Los vidrios explotando.
Después… oscuridad.
Entonces sonó mi teléfono.
Era mi hija.
—Papá, mañana me caso, así que no vengas —dijo con una voz extrañamente alegre—. Ah, y también vendimos tu casa y tu auto. Adiós.
Por unos segundos solo escuché el pitido constante del monitor cardíaco.
No sentí rabia.
Todavía no.
Solo un vacío inmenso.
—Está bien, Clara —respondí finalmente—. Pero olvidaste revisar algo importante.
Hubo silencio.
—¿De qué hablas?
Solté una risa cansada, rota, tan amarga que incluso la enfermera miró hacia mi habitación.
Porque la casa que habían vendido nunca había estado realmente a mi nombre.
Y el auto tampoco.
⏬ Continua en la siguiente pagina ⏬