Entonces oí risas a mis espaldas.
“Qué dramático”.
Me giré lentamente.
En el umbral estaban su esposo, Alejandro Cárdenas, su madre Teresa y su hermano Ricardo.
Trajes de diseñador.
Relojes de lujo.
Zapatos caros.
Y expresiones llenas de arrogancia.
Teresa llevaba un collar de diamantes y sonreía como si fuera la dueña del lugar.
—Coronel Salazar —dijo dulcemente—, su hija tuvo un episodio emocional. Se cayó sola.
Camila me agarró de la manga.
—No, mamá. Me mantuvieron aislada. Me quitaron el teléfono. Dijeron que si me iba, arruinarían mi reputación.
Alejandro puso los ojos en blanco.
—Está exagerando. Siempre ha sido muy sensible.
Ricardo se rió.
—Hay quienes se casan con familias mucho más importantes de lo que pueden manejar.
Me quedé de pie sin soltar la mano de Camila.
Teresa se acercó.
—No hagamos esto desagradable. Nuestra familia tiene amigos por todas partes: juzgados, hospitales, periódicos. Tu rango militar no significa nada para nosotros.
Ricardo sonrió con sorna.
—Llévate a tu hija a casa y agradece que no la estemos acusando de dañar la reputación de nuestra familia.
Los miré a cada uno en silencio.
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