“Mamá, por favor, ven a buscarme… la familia de mi esposo me está haciendo daño.”
Esa llamada desesperada hizo que una condecorada coronela mexicana corriera al hospital para proteger a su hija. La poderosa familia Cárdenas creía que su riqueza e influencia los hacían intocables. Lo que no sabían era que habían elegido a la madre equivocada para desafiar.
Todavía llevaba el uniforme cuando salí de la base militar. Mi chaqueta negra de gala estaba impecable, las medallas brillaban bajo las luces y mi placa militar reflejaba las calles de la Ciudad de México mientras conducía hacia el Hospital Ángeles Pedregal.
Mi nombre estaba bordado en mi uniforme:
**Coronel Valeria Salazar.**
Entré a la entrada de urgencias como un torbellino.
Una enfermera intentó detenerme.
“Señora, no puede entrar ahí.”
“Mi hija”, dije. “¿Dónde está Camila Salazar?”
Algo en mi expresión la hizo apartarse de inmediato.
Encontré a Camila en una pequeña sala de observación.
Estaba acurrucada bajo una fina manta, temblando.
Tenía un ojo muy amoratado. El labio partido. Marcas por todo el brazo. Su elegante vestido blanco estaba rasgado y manchado.
Mi hermosa hija.
La misma niña que me llamaba todas las noches para contarme cómo le había ido el día.
La misma niña que hacía dibujos para los soldados cada vez que regresaba de mi misión.
Ahora apenas podía levantar la cabeza.
“Mamá…”
La abracé.
Todo su cuerpo temblaba.
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