El hombre al que cuidaba
Ese mismo día regresé a la mansión donde trabajaba como cuidadora.
Mi paciente era Alejandro Mendoza.
Tenía veinte años.
Un accidente lo había dejado temporalmente paralizado de la cintura hacia abajo.
Pertenecía a una de las familias más adineradas del país.
A pesar de su fortuna, no era feliz.
La mayoría de las personas lo trataban como si la silla de ruedas hubiera borrado su inteligencia.
Yo no.
Por eso, quizá, terminamos desarrollando una amistad extraña.
Cuando entré en la cocina, Alejandro observaba su desayuno con evidente desagrado.
—¿Otra vez avena? —protestó.
—Los médicos dicen que es buena para ti.
—Los médicos también dicen muchas otras cosas horribles.
No pude evitar sonreír.
—Come.
—Sabe a cartón mojado.
—Mañana le pondré miel.
—Entonces sabrá a cartón mojado con miel.
Aquello me arrancó una carcajada.
Alejandro sonrió levemente.
Momentos así eran cada vez más frecuentes.
Con el tiempo había aprendido que detrás de su sarcasmo se escondía un joven inteligente y profundamente herido.
Aquella mañana, sin embargo, notó enseguida que algo no estaba bien.
—Has estado llorando.
Negué con la cabeza.
—No.
—Cristina, llevo meses viéndote todos los días. Sé cuándo estás mintiendo.
Intenté mantener la compostura.
No pude.
Terminé contándole todo.
La situación de Sofía.
La falta de dinero.
La posibilidad de perder la plaza en rehabilitación.
Cuando terminé, Alejandro permaneció en silencio.
Después preguntó:
—¿Cuánto falta?
Le dije la cifra.
Era enorme.
Imposible para alguien como yo.
Alejandro bajó la mirada.
Parecía estar pensando en algo importante.
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