Me quedé paralizado. Mi mente repasaba posibilidades: problemas familiares, inseguridad, algún trauma oculto. Pero su tono ya no era apologético. Era constante. Casi ensayado.
“No fui cruel porque te odiara”, dijo. “Fui cruel porque no podía dejar de mirarte. Tú estabas… diferente. Te comportabas como si no pertenecieras, y no soportaba cuánto quería conocerte. Así que lo retorcí. Te hice pequeño para no sentirme pequeño yo mismo.”
Parpadeé, sin saber si esto se suponía que era reconfortante.

“¿Me acosaste porque te gustaba?” Pregunté, con la voz cortante.
Negó con la cabeza. “No me gusta. Obsesionado. Eras la única persona a la que no podía controlar con encanto o mentira. Me viste a través. Y eso me aterraba.”
Sus palabras pesaban en la habitación.
Quería gritar, decirle que la obsesión no era amor, que la crueldad no era anhelo. Pero algo en su cara me detuvo.
No era culpa. Era hambre.
Las semanas después de la boda se difuminaron. Ryan era atento, gentil, casi demasiado perfecto. Él cocinó la cena, dejó notas en la nevera, me besó la frente antes de dormir.
Pero a veces, le pillaba mirándome con esa misma intensidad que recordaba del instituto—esa que me hacía encogerme en mí misma.
Una noche, me desperté y lo encontré de pie sobre mí, simplemente mirándome.
“¿Ryan?” Susurré, con el corazón latiendo con fuerza.
Sonrió levemente. “Perdona. Parecías tranquilo. No quería despertarte.”
Pero sus ojos no coincidían con la suavidad de sus palabras.
Empecé a investigar. Anuarios antiguos, antiguos compañeros de clase. Quería entender si la crueldad de Ryan se había centrado solo en mí o si la había difundido.
La respuesta era escalofriante.
Todos lo recordaban como encantador, popular, inofensivo. Los profesores le adoraban. Los amigos juraban que era el tipo más majo.
Pero cuando pregunté por mí, sus rostros cambiaron.
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