Intenté negarme, pero cerró mis dedos alrededor del billete y me miró fijamente a los ojos.
—Prométeme que no ignorarás lo que estoy a punto de decirte.
Confundida, asentí.
—Ese alojamiento me salvó la vida —murmuró—. Y pronto podría cambiar la tuya… pero solo si eres lo suficientemente valiente como para investigar mi caso.
Antes de que pudiera preguntarle a qué se refería, una enfermera llegó con una silla de ruedas y se la llevó, dejándome allí de pie, mirando el billete que temblaba en mi mano.
Durante todo el día, sus palabras resuenan en mi cabeza. Mira mi nombre . Sonaba casi teatral, irreal, pero su seguridad me inquietó. Esa noche, después de que Andrés se durmiera, busqué en los registros de acceso familiar del hospital. Rosa Medina, setenta y ocho años, diagnosticada con insuficiencia cardíaca. El nombre no significaba nada para mí.
La noche siguiente, ya en casa, volvió a examinar el billete. Tenía décadas de antigüedad y ya no servía. En el reverso, escrito con tinta casi borrada, había una dirección y una fecha de más de cuarenta años atrás. La curiosidad terminó venciendo al cansancio.
Una semana después de que le dieron el alto a Andrés, me dirigí a esa dirección.
Era una casa pequeña en un barrio tranquilo. Estuve a punto de darme la vuelta, convencida de que estaba persiguiendo una historia sin sentido. Pero al tocar el timbre, un hombre abrió la puerta y quedó paralizado cuando mencionó el nombre de Rosa Medina.
—Es mi tía —dijo lentamente—. O… lo era. Perdimos el contacto hace muchos años.
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