Sofía, que antes se encogía cada vez que alguien levantaba la voz, comenzó a reírse con un sonido limpio, redondo, libre. Esa risa llenó la casa como luz entrando por una ventana abierta.
A veces, en la madrugada, Lidia se despertaba sobresaltada y me encontraba sentada en la sala, leyendo.
—¿Ya pasó? —preguntaba.
—Ya pasó —le respondía.
Y nos creíamos, porque al fin era verdad.
La gente decía que yo estaba rota. Que sentía demasiado. Que era peligrosa. Tal vez sí. Tal vez sentir demasiado fue precisamente lo que nos salvó. Porque a veces la diferencia entre una mujer destruida y una mujer libre es que alguien, por fin, se atreve a sentir la injusticia como si le estuviera ardiendo en la piel.
Yo soy Nayeli Cárdenas. Pasé diez años encerrada porque el mundo tuvo miedo de mi furia.
Pero cuando mi hermana necesitó que alguien saliera a pelear por ella, por fin entendí algo: no estaba loca por sentir tanto. Estaba viva.
Y esta vez, esa diferencia nos devolvió el futuro.