No había respondido a eso. Nada que importe.
Pensé en todas las noches que me había quedado despierto, dando vueltas a las teorías sobre lo que había ocurrido en aquel campamento. En todos los folletos que había impreso. En todas las reuniones del grupo de búsqueda a las que había asistido. Y en todas las veces que le había preguntado a Sophie si recordaba algo nuevo, cualquier cosa, de aquella mañana.
Estaba tan desesperada por traer a Maya a casa que tratara a Sophie como una testigo. Como a una fuente de información. No como a una niña que también había perdido a su hermana y que ahora estaba perdiendo en silencio a su madre.
La había mirado sin mirarla.
—Pensé que si aceptaba que Maya se había ido —dije lentamente—, entonces realmente se habría ido. Como si decirlo en voz alta lo haría real.
—Lo sé —dijo Sophie.
“Lo sé, mamá.”
Apoyó la cabeza en mi hombro. Sentí su peso allí, cálido y real, y algo dentro de mi pecho se rompió.
—Cada vez que decía su nombre —susurró Sophie—, llorabas. Así que déjé de decirlo. Y entonces no tenía con quién hablar de ella. No tenía a nadie, mamá.
—Lo siento mucho, cariño —dije—. Siento mucho haberte hecho sentir sola en esto.
—Solo quería que mi hermana gemela volviera —añadió Sophie. Su voz era muy firme, como la de alguien que ha ensayado algo durante mucho tiempo—. Pero también quería que mi madre volviera.
Nos quedamos en las escaleras hasta que la luz exterior se volvió gris.
Pasé un año intentando desesperadamente salvar a la hija que había perdido. No me di cuenta de que estaba perdiendo a la hija que aún estaba a mi lado.
Casi los piedo a ambos.
Una semana después, Sophie y yo fuimos en coche al lago.
Era el mismo camino para llegar al campamento. El mismo desvío estrecho bordeado de árboles, la misma grava crujiendo bajo los neumáticos.
Sophie miraba hacia el agua mientras yo aparcaba, con la barbilla apoyada en una mano, su expresión más tranquila y abierta que desde que Maya desapareció.
Juntos caminamos hasta el borde del muelle.
El lago tenía el mismo color azul verdoso pálido, un color demasiado hermoso para lo que pudiera contener.
—Creo que le gustaba estar aquí —dijo Sophie después de un rato—. Siempre decía que el campamento era el único lugar donde sentía que realmente pasaba algo.
—Odiaba aburrirse —respondí—. Ni siquiera durante cinco minutos.
Sophie irritante. No era la sonrisa cautelosa y vigilante a la que me había acostumbrado. Era una sonrisa genuina.
¿Te acuerdas del verano en que nos hizo sacar la barca de pedales a las seis de la mañana? Quería ver cómo se levantaba la niebla del agua.
“Recuerdo que estaba furioso”, dije.
“Era precioso”, asentí.
Hablamos de Maya durante mucho tiempo. No de la búsqueda. No del caso, del campo de concentración ni de todas las cosas que aún desconocíamos y que tal vez nunca llegaríamos a saber.
Hablamos de ella.
Cómo comía cereales secos porque odiaba que la leche se calentara. Cómo siempre se quedó dormida en el coche a los cuatro minutos. Cómo se reía, fuerte y de repente.
Maya había vivido. Seguiría viviendo dentro de nosotros.