Un nuevo comienzo
Durante los días siguientes, la tensión fue desvaneciéndose poco a poco.
Me quedé con Elena.
Manuel nunca volvió al trabajo.
Una semana después, un vecino nos dijo que había desaparecido.
Así, sin más.
Desaparecido.
Una noche, Elena y yo nos sentamos juntas en la mesa de la cocina.
Confesó:
“Iba a cederle la casa y desaparecer. Pensé que me odiarías menos si seguía siendo el villano.”
La miré y respondí con sinceridad.
“No te odio ni te odiaré. Solo estoy herida y confundida.”
Las lágrimas resbalaron por sus mejillas.
“Margaret tenía miedo. Pensó que si te quería demasiado, te perdería.”
Nos sentamos en silencio un rato.
Finalmente, Elena preguntó:
“¿Y ahora qué?”
Ya sabía la respuesta.
“Nos quedamos con la casa. Los dos. Nos encargaremos del papeleo. Volveré a vivir un tiempo. Podemos reformar, quizá alquilar la planta de arriba.”
Sus ojos se abrieron de par en par.
“¿Harías eso?”
“Sí. Si vamos a empezar de nuevo, empecemos de verdad.”
Una risa escapó entre sus lágrimas.
“Hablas como ella.”
“¿Margaret?” Pregunté.
Ella asintió.
“Fuerte. Decisivo.”
Una leve sonrisa se dibujó en mis labios.
“También era mi madre.”
Elena se levantó y rodeó la mesa.
Por un breve momento, dudó, pidiendo permiso en silencio.
Abrí los brazos.
Ella dio un paso adelante y la abracé.
Un calor se extendió por mí.
“Lo siento”, susurró.
“Lo sé”, respondí.
Por primera vez en mi vida, entendí de verdad de dónde venía.
Y la casa ya no parecía un lugar lleno de secretos.
Parecía un nuevo comienzo.