Diego no se movió.
“No.”
Pausa.
“Esto es por lo que hiciste.”
Horas después…
Álvaro se marchó.
Sin oficina.
Sin luz.
Nada.
Cuando llegó a casa…
Se cambiaron las cerraduras.
Días después, suplicó.
“Perdóname…”
“No lo sabía…”
“Podemos solucionar esto…”
Pero ya era demasiado tarde.
Camila se encontraba ahora en su propia oficina.
Su nombre en la puerta.
—¿Estás bien? —preguntó Diego.
Ella abierta.
“Si.”
Pausa.
“Ahora lo soy.”
Ella contempló la ciudad.
Todo igual.
Excepto ella.
—Sabes cuál es la parte más irónica? —preguntó.
¿Qué?”
Ella sonrió suavemente.
“Nunca fui débil.”
Pausa.
“Simplemente estaba en el lugar equivocado”.
Y por primera vez en mucho tiempo…
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