Cometí un error.
Paola no significa nada.
Estaba confundido.
Son mis hijos.
Mis hijos.
Esa frase me dio asco.
Los mismos bebés que habían sido prueba de mi supuesta traición, de repente eran suyos porque una revisión médica había reparado su orgullo.
No respondí.
Esa misma tarde, contraté al abogado que me recomendó mi madre.
Irene Robles.
Una mujer de unos cincuenta años, con ojos penetrantes y uñas pintadas de rojo.
Cuando escuchó mi historia, no se mostró sorprendida. Simplemente tomó notas.
—¿Tienes algún mensaje sobre la vasectomía? —preguntó.
“Sí. Dijo que lo hacía porque no quería tener más hijos ahora mismo, pero que tal vez más adelante volveríamos a hablar.”
¿Asistió a la cita de seguimiento?
“No.”
“¿Tienes pruebas de su relación con Paola?”
Le mostré las fotos, las publicaciones y los mensajes antiguos.
Irene arqueó una ceja.
“¡Qué amante tan educada!”
“Muy.”
“Responderemos a su demanda de divorcio”, dijo. “Solicitaremos protección económica durante su embarazo. También documentaremos las acusaciones públicas, el abandono y la presión para firmar un acuerdo injusto”.
“¿Y los bebés?”
“Los bebés no son moneda de cambio. Si quiere reconocerlos, lo hará como corresponde.”
Por primera vez desde que vi esas dos líneas, sentí como si alguien hubiera encendido una luz en la oscuridad.
Tres días después, Diego apareció en mi puerta.
⏬ Continua en la siguiente pagina ⏬