Simplemente puso su taza en la mesa y me miró como si hubiera traído algo sucio a nuestra casa.
“Eso es imposible.”
Mi garganta se aprieta.
“¿Qué quieres decir con imposible?”
Diego dio una risa fría.
“Me hice una vasectomía hace dos meses, Laura. No soy estúpido.”
Esa palabra me tocó como una bofetada.
Estúpido.
Así es como me llamó el hombre que había amado durante ocho años.
El mismo hombre que había dicho que la cirugía era “para nosotros”, porque el dinero era escaso, porque podríamos “decidir más tarde”.
Le recordé que el doctor había dicho que no era inmediato.
Esa prueba de seguimiento era necesaria.
Ese embarazo todavía podría suceder.
Pero Diego ya había dejado de escuchar.
Su veredicto ya estaba escrito en su cara.
Indicó ¿Quién es él? “preguntó.
Me quedé congelado.
¿Qué? ”
“El padre. Dime quién es él.”
Me sentí enfermo.
No por el bebé.
Gracias a él.
Esa noche, él hizo una maleta.
Poca ropa.
Lo suficiente para hacerme saber que otro lugar ya estaba esperando
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