PARTE 1
“¡Te casaste con mi tía para quedarte con su casa, desgraciado!”
Eso me gritó Marisol frente a todos, con el ataúd de Elena todavía cubierto de flores blancas y una vela temblando a un lado de su foto.
Nadie dijo nada.
Ni el padre, ni las vecinas del barrio de San Pedro Tlaquepaque, ni las señoras que habían llevado arroz rojo y mole para después del entierro. Todos se quedaron mirándome como si yo fuera una mancha en medio de la iglesia.
Yo tenía veintiséis años.
Elena tenía setenta y dos.
Y aunque me doliera admitirlo, Marisol no estaba completamente equivocada.
Cuando conocí a Elena, yo dormía en mi camioneta vieja detrás de una gasolinera, me bañaba en los baños de una central camionera y debía dinero a medio mundo. Mi taller había quebrado, mi mamá estaba enferma en Veracruz y yo fingía que todavía podía con todo.
Elena apareció una tarde con su vochito azul descompuesto.
Era viuda, tranquila, de esas mujeres que hablaban bajito pero hacían que todos obedecieran. Me ofreció café mientras yo arreglaba el motor. Luego me ofreció comida. Después me ofreció trabajo para reparar cosas en su casa.
Y un día, sin rodeos, me dijo:
“Cásate conmigo, Martín.”
Me reí porque pensé que era broma.
No lo era.
“Yo estoy sola”, dijo. “Tú también. A mí me queda casa, pero me falta compañía. A ti te falta techo, pero todavía tienes manos buenas.”
Le dije que sí.
No porque la amara.
Le dije que sí porque su casa tenía agua caliente, una cama limpia y un refrigerador lleno. Porque estaba cansado de oler a jabón barato de gasolinera. Porque ya no quería despertar con miedo de que la grúa se llevara mi camioneta conmigo adentro.
El primero en saberlo fue Chuy, un amigo de la secundaria que siempre sabía convertir una miseria en burla.
“¿Te vas a casar con Doña Elena?”, soltó en una cantina cerca del mercado. “No, Martín, eso no es matrimonio. Eso es renta gratis con acta.”
“Cállate”, le dije.
“¿Y la casa? ¿Está a su nombre?”
No contesté.
Chuy sonrió.
“Nomás aguanta tantito. Vieja no está. Cuando se vaya, quedas hecho.”
Debí levantarme. Debí partirle la cara. Debí decir que Elena merecía respeto.
Pero solo miré mi cerveza.
Porque en el fondo, esa idea ya me había cruzado la cabeza.
Dos semanas antes de casarnos por el civil, Elena puso una carpeta sobre la mesa de su cocina.
“Firma esto.”
“¿Qué es?”
“Capitulaciones matrimoniales.”
Me quedé frío.
“Elena, ¿crees que quiero robarte?”
Ella se acomodó los lentes.
“No, hijo. Creo que el hambre puede convertir a cualquiera en alguien feo.”
Me ardió la cara.
“La casa se queda a mi nombre. Mis ahorros también. Y cuando yo falte, mi testamento hablará por mí.”
Firmé.
Porque pensé que con el tiempo las cosas cambiarían. Que una viuda sola podía modificar un testamento. Que si yo me portaba bien, si le llevaba al doctor, si le arreglaba la puerta, si le servía el café, quizá un día ella me dejaría algo.
Elena no era tonta.
Solo era buena.
Y esa bondad me confundía.
Me compró botas cuando vio que las mías tenían la suela abierta. Me dejó un chamarra gruesa en la silla una mañana fría.
“No necesito limosnas”, le dije.
“Entonces no lo llames limosna”, respondió. “Llámalo evitar que metas lodo a mi casa.”
Me acompañaba al tianguis, saludaba a todo mundo y todos la querían. A mí me miraban raro.
“Te pones tenso cuando la gente me trata con cariño”, me dijo una vez mientras comíamos birria.
“¿Ahora también lees mentes?”
“No. Leo vergüenzas.”
No respondí.
Una noche la encontré sentada en las escaleras, pálida, con una mano en el pecho.
“Estoy bien”, dijo.
“Estás en el suelo.”
La levanté con cuidado. Por un segundo se recargó en mí, y sentí algo raro. No amor, quizá. Pero sí una responsabilidad que me pesó.
Le preparé té de manzanilla, mal hecho, y ella se rió.
Entonces vibró mi celular.
Era Chuy.
“¿Cómo va tu plan de jubilación?”
Miré a Elena. Ella sonreía, sosteniendo la taza con las dos manos.
Escribí sin pensar:
“Todo bien. Cuando se muera, ya la hice.”
Dos días después, Elena cayó en la cocina mientras untaba mermelada en un bolillo.
En el hospital, el doctor salió con la cara de quien ya había dicho lo mismo muchas veces.
“Lo siento. Fue su corazón.”
El funeral fue tres días después.
Me puse la chamarra que ella me había comprado.
Marisol la vio y se le llenaron los ojos de rabia.
“Hasta muerta la sigues usando.”
“Era mi esposa.”
“No”, escupió. “Tú fuiste su proyecto.”
Después del entierro, solo pude pensar en una cosa.
El testamento.
A la mañana siguiente fui al despacho del licenciado Salazar, en el centro, con las manos sudadas y el estómago hecho nudo.
Él no perdió tiempo.
“La casa queda para Marisol.”
Sentí que el piso se me hundía.
“Eso no puede ser. Yo era su esposo.”
“Y firmó capitulaciones.”
“¿Sus ahorros?”
“Para un fondo de ayuda comunitaria de la parroquia.”
Tragué saliva.
“¿Entonces no me dejó nada?”
El licenciado me miró con una calma que me dio miedo.
“Le dejó una caja.”
Sacó una caja de zapatos vieja, amarrada con un listón rojo. En la tapa decía mi nombre con la letra de Elena.
“¿Eso es todo?”
Salazar empujó la caja hacia mí.
“Doña Elena dijo que aquí estaba lo que usted realmente quería.”
Levanté la tapa.
Arriba había una hoja doblada.
La abrí.
Era una copia de mi mensaje a Chuy:
“Todo bien. Cuando se muera, ya la hice.”
No podía creer lo que estaba a punto de pasar…
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