Justo después del funeral de nuestra hija, mi esposo insistió en que tirara sus cosas, y cuando empecé a limpiar su habitación, encontré una nota extraña: «Mamá, si estás leyendo esto, significa que ya no estoy viva. Mira debajo de la cama».
Cuando miré debajo de la cama, me horroricé con lo que vi.
Justo después del funeral de nuestra hija, mi esposo me dijo que teníamos que limpiar su habitación y deshacernos de todas sus cosas. Solo tenía 15 años. Nuestra única hija.
Después del funeral, no recuerdo casi nada. Solo recuerdo el ataúd blanco y la sensación de que todo dentro de mí había muerto. La gente decía cosas, me abrazaba, me daba el pésame, pero no los oía. Solo me quedé allí parada, mirando al vacío.
En casa, mi esposo no dejaba de repetir lo mismo:
«Hay que tirar estas cosas. Nos están atormentando. Tenemos que seguir adelante».
No entendía cómo podía decir esas cosas. No eran solo objetos. Era ella. Su ropa, su aroma, su habitación. Sentía que si lo tiraba todo, estaría traicionando a mi propia hija.
Me resistí durante mucho tiempo. No entré en su habitación durante casi un mes. Simplemente pasaba por delante de la puerta cerrada y no me atrevía a abrirla.
Pero un día, finalmente me decidí.
Cuando abrí la puerta, sentí como si el tiempo se hubiera detenido. Todo estaba tal como lo había dejado. La colcha en la cama, los cuadernos en la mesa, el tenue aroma de su perfume en el aire.
Comencé a limpiar lentamente. Recogí cada cosa y lloré. Su vestido. Sus gomas para el pelo. El libro que había releído varias veces. Lo apreté todo contra mi pecho y no podía soltarlo.
Y de repente, un pequeño trozo de papel doblado se cayó de uno de los libros de texto.
Reconocí su letra al instante. Me temblaban las manos. La nota decía: «Mamá, si lees esto, mira debajo de la cama. Entonces lo entenderás todo».
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