Camille siseó: —¿La trajiste tú?
—No —respondí—. Adrian la trajo a mi vida. Yo solo traje la factura.
Los ojos del editor de sociedad brillaron con interés. Un inversor apartó la silla discretamente.
Adrian se recuperó lo suficiente como para esbozar una mueca de desdén. —Estás exagerando. Las parejas sobreviven a cosas peores.
—Las empresas no.
Eso le impactó.
Abrí la carpeta que Noelle había preparado. «Su préstamo puente está en mora. Su junta directiva ha sido notificada. También los garantes. Usted utilizó contratos proyectados que nunca existieron, incluyendo uno de Ellison Capital».
Su rostro cambió por completo. Su refinado encanto se desvaneció. Debajo, reinaba el pánico.
«No te atreverías», susurró.
«Ya lo hice».
Vivienne se levantó bruscamente. «¡Qué vengativa eres!…»
«Cuidado», la interrumpí suavemente. «Llevas unos pendientes comprados con dinero transferido de la cuenta de la empresa de Adrian tres días antes de que se retrasara el pago de la nómina. A mi abogado le pareció fascinante».
Su mano voló instintivamente hacia sus perlas.
El teléfono de Camille vibró. Luego el de Adrian. Luego el de Tessa. Alrededor de la sala, las pantallas se iluminaron una tras otra como bengalas de advertencia.
El anuncio se había hecho público.
No la fotografía. Todavía no. Solo la ruptura definitiva. La elegante salida. De esas que hacen que la gente se pregunte qué sé exactamente y por qué sigo siendo misericordiosa.
Adrián se inclinó hacia mí. —Mara, escucha. Podemos hablar de esto en privado.
Miré al hombre con el que casi me había casado. —Me humillaste públicamente porque pensaste que te necesitaba.
Apretó la mandíbula con fuerza.
—Asentí —dije en voz baja— porque te estaba dando justo lo que pedías.
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