Tres años sentada en mesas donde me trataban como si yo tuviera que dar gracias por estar ahí.
Y esa noche, delante de todos, por fin lo dijo en voz alta.
Así que me puse de pie, alisé mi vestido y dije lo único que nadie en esa mesa esperaba escuchar.
—Está bien —dije—.
Entonces divorcémonos.
Silencio absoluto.
Mi suegra se quedó con la boca entreabierta.
Mi cuñada, Mariana, hasta se rio, como si creyera que yo estaba fanfarroneando.
—¿Divorcio? —dijo—. ¿Y a dónde se supone que vas a ir después de eso?
Ni siquiera la miré.
Mantuve los ojos clavados en Alejandro.
—Mañana —dije—. En el juzgado familiar.
La expresión de su cara cambió por completo.
—Valeria… no hagas esto por coraje.
Casi me dio risa.
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