Mariana temblaba. Tenía 29 años, una blusa azul sencilla, ojeras bajo el maquillaje y esa manera triste de sonreír que Elena había empezado a notar desde hacía meses. Al otro lado de la mesa estaba Rebeca, la madre de Daniel, vestida con perlas, labios rojos y la espalda recta como si estuviera presidiendo un juicio.
Entonces Rebeca sonrió.
Y aplaudió.
—Así se hace, hijo —dijo con orgullo—. Una esposa debe saber cuál es su lugar.
Elena sintió que algo dentro de ella se rompía.
Había aceptado ir a esa cena porque Mariana se lo había pedido casi suplicando.
—Mamá, por favor, no pelees hoy —le dijo por teléfono—. Daniel quiere que las familias se lleven bien otra vez.
Otra vez.
La frase le había parecido extraña desde el principio, porque Elena no recordaba haber dejado de intentarlo. Había callado cuando Daniel corregía a Mariana por cómo hablaba. Había respirado hondo cuando él hacía bromas sobre su trabajo. Había fingido no notar que su hija pedía permiso hasta para ordenar postre.
Esa noche, Daniel llevaba más de una hora humillándola.
—Mariana es muy distraída —dijo antes, riéndose—. Si no le digo qué hacer, se le olvida hasta pagar la luz.
—Eso no es cierto —respondió Mariana en voz baja—. Yo pago la renta, el súper, tu tintorería, los seguros…
No alcanzó a terminar.
La mano de Daniel salió disparada.
Ahora su hija estaba doblada hacia un lado, llorando frente a desconocidos, mientras Rebeca la miraba como si aquello fuera una lección necesaria.
Daniel levantó la vista hacia Elena.
—Siéntese, señora Elena —dijo, burlón—. No haga un espectáculo.
Elena se puso de pie lentamente.
No gritó. No aventó la copa. No lo insultó.
Metió la mano a su bolsa, sacó el celular y lo puso sobre la mesa.
—Suelta a mi hija —dijo, con una calma que hizo que hasta el gerente volteara—, o la siguiente persona que te va a escuchar será la operadora del 911.
Daniel soltó una carcajada.
—No se atrevería.
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