PARTE 1
—Si no aprende por las buenas, va a aprender por vergüenza —dijo Daniel, y en pleno restaurante le jaló el cabello a Mariana como si no hubiera 40 personas mirando.
El silencio cayó de golpe sobre La Casa del Maguey, un restaurante elegante de la colonia Roma, en la Ciudad de México, donde las copas brillaban bajo lámparas cálidas y los meseros caminaban como si cada plato fuera una obra de arte.
Mariana soltó un grito corto, roto, más de humillación que de dolor. Su silla se arrastró contra el piso. Una pareja dejó de comer. Un mesero se quedó inmóvil con una charola en las manos.
Daniel Rivas, su esposo, no la soltó.
Tenía la mano enredada en el cabello castaño de ella, cerca de la nuca, y una sonrisa torcida que a Elena, la madre de Mariana, le heló la sangre.
—No me contradigas enfrente de mi familia —le susurró Daniel, pero lo dijo lo bastante fuerte para que todos lo escucharan.
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