—Entendido, mi general.
—Y Méndez.
—Sí, mi general.
—Quiero cámaras encendidas desde que entren.
—Así será.
Mientras tanto, en la comandancia, Rogelio Paredes seguía sintiéndose dueño del lugar.
Se recargó en el escritorio, con el café en una mano y el celular en la otra, viendo videos mientras Valeria permanecía de pie detrás de los barrotes, con una marca roja en la mejilla y las muñecas irritadas por las esposas. Don Mateo, su padre, respiraba con dificultad en una silla, una mano sobre las costillas.
—Oficial —dijo Valeria—, mi padre necesita atención médica.
Paredes ni la miró.
—Y yo necesito vacaciones en Cancún. Todos necesitamos algo.
—Se golpeó al caer.
—Pues que aprenda a no hacerse el héroe.
Valeria apretó la mandíbula.
En otro tiempo, en otro lugar, habría reducido a ese hombre en menos de tres segundos. Su cuerpo lo sabía. Sus manos también. Había entrenado para situaciones peores, con hombres más peligrosos, en terrenos donde un error costaba vidas. Pero no estaba en una misión. Estaba en una comandancia municipal, con su padre herido a pocos metros, y entendía algo que Paredes no: la fuerza no siempre consiste en golpear primero.
A veces la fuerza es esperar el momento exacto para que todo caiga con su propio peso.
Don Mateo levantó la mirada hacia ella.
—Mija…
—Estoy aquí, papá.
—No te metas en problemas por mí.
Valeria sintió que se le quebraba algo por dentro.
Su padre, aun golpeado y humillado, seguía pensando en protegerla. El mismo hombre que la enseñó a cambiar una llanta a los doce años, que la llevaba a entrenar al amanecer cuando ella decidió entrar al ejército, que lloró escondido el día que le entregaron su primer uniforme.
El mismo hombre al que un policía mediocre acababa de tirar al suelo como si no valiera nada.
—No me estoy metiendo en problemas —dijo ella en voz baja—. Estoy dejando que los problemas lleguen solos.
Paredes escuchó y soltó una carcajada.
—¿Ah, sí? ¿Y quién va a venir? ¿Tu novio? ¿Tu tío abogado? ¿Un diputado?
Valeria lo miró directo.
—Mi hermano.
El policía se burló.
—Uy, qué miedo. ¿También juega al soldadito como tú?
Valeria no respondió.
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