El comandante municipal, un hombre barrigón llamado Evaristo Luján, salió de su oficina con cara de fastidio.
—Paredes, ¿qué traes ahora?
—Nada, comandante. Dos necios que se pusieron pesados en revisión.
Luján miró a Valeria. Luego a don Mateo.
—¿Y por qué está golpeado el viejo?
—Se cayó.
Don Mateo intentó hablar.
—Me empujó…
Paredes golpeó la reja con la macana.
—¡Cállese!
Valeria dio un paso al frente.
—No le vuelva a gritar.
El policía sonrió de lado.
—¿O qué?
Luján levantó la mano.
—Ya, ya. A ver, muchacha, ¿traen dinero para la multa o no?
—No hubo infracción.
—Aquí nosotros decidimos si hubo.
Valeria lo observó con una calma que a Luján empezó a incomodarle.
—¿Su nombre completo, comandante?
—¿Para qué?
—Para la denuncia.
Los dos policías se miraron y rieron.
Paredes abrió la puerta de la celda y entró con la macana colgando de la mano.
—Te voy a enseñar cómo se hacen las denuncias aquí.
Don Mateo intentó levantarse, pero se dobló del dolor.
Valeria no se movió.
Paredes se acercó demasiado.
—Mira, niña. No sé quién te crees, pero aquí no estás en tu casa. Aquí obedeces.
—Usted cometió un error muy grave.
—Mi único error fue no quitarte el teléfono.
Valeria lo miró a los ojos.
—Sí. Ese fue uno.
El ruido llegó antes que los vehículos.
Primero fue el sonido grave de motores frenando afuera. Después, radios. Puertas cerrándose. Pasos firmes. Voces dando órdenes. La sonrisa de Paredes se apagó.
Luján se asomó por la ventana.
—¿Qué demonios…?
Dos camionetas de la Guardia Nacional se detuvieron frente a la comandancia. Detrás llegó un vehículo militar. Varios elementos bajaron con cámaras corporales encendidas. El capitán Méndez encabezaba el grupo, rostro serio, carpeta en mano. A su lado venía una mujer de asuntos internos y un médico militar con maletín.
La puerta principal se abrió.
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