—Buenas tardes —dijo Méndez, sin pedir permiso—. Capitán Fernando Méndez. Venimos a verificar la integridad de dos personas detenidas en esta comandancia.
Luján intentó enderezarse.
—Capitán, esto es jurisdicción municipal.
—Cuando hay denuncia de abuso de autoridad, agresión contra un civil adulto mayor y detención arbitraria, la jurisdicción se revisa después. Primero se protege a las víctimas.
Paredes salió de la celda con el rostro tenso.
—¿Víctimas? Aquí no hay víctimas. Hay detenidos.
Méndez lo miró.
—¿Nombre?
—Oficial Rogelio Paredes.
La mujer de asuntos internos levantó su tableta.
—Oficial Paredes, ya tenemos tres quejas previas por extorsión, dos por uso excesivo de fuerza y una investigación cerrada irregularmente por desaparición de evidencia. Interesante coincidencia encontrarlo otra vez en una situación similar.
Paredes se puso rojo.
—Eso no tiene nada que ver.
—Hoy lo veremos.
Méndez caminó hacia la celda.
Cuando vio a Valeria, su expresión cambió apenas. No la saludó militarmente porque entendió que todavía era mejor no revelar todo frente a Paredes, pero sus ojos se endurecieron al ver el golpe en su rostro.
—¿Teniente Cruz?
La comandancia quedó en silencio.
Luján parpadeó.
Paredes se quedó quieto.
Valeria levantó la barbilla.
—Capitán.
Don Mateo cerró los ojos, cansado.
—Ay, hija… ya valió.
Méndez ordenó:
—Abran la celda.
Luján intentó intervenir.
—Un momento. No pueden entrar así y llevarse a una detenida.
Méndez giró lentamente hacia él.
—Comandante Luján, la teniente Valeria Cruz pertenece a una unidad élite del ejército mexicano. Fue agredida físicamente durante una detención sin motivo registrado. Su padre, el señor Mateo Cruz, adulto mayor y padre del general Alejandro Cruz, fue empujado y privado de atención médica. Así que sí, podemos entrar. Y vamos a hacerlo.
A Paredes se le aflojó la boca.
—¿General?
Valeria lo miró sin rencor visible.
Eso le dio más miedo.
—Le dije que había cometido un error.
Méndez abrió la reja. El médico entró de inmediato y se arrodilló junto a don Mateo.
—Señor, ¿dónde le duele?
—Aquí —dijo el anciano, señalando las costillas—. Y la cadera.
Valeria se acercó, pero el médico levantó la mano con respeto.
—Permítame revisarlo, teniente.
Ella asintió.
Paredes retrocedió un paso.
—Yo no sabía quiénes eran.
La frase salió como defensa.
Pero en la habitación sonó como confesión.
Valeria giró hacia él.
—Ese es el problema, oficial. Usted cree que solo debe respetar a la gente cuando sabe quién es.
Nadie habló.
Méndez se acercó a Paredes.
—Entregue su arma, su macana y su radio.
—No tiene autoridad para eso.
La mujer de asuntos internos mostró una orden.
—Yo sí.
Paredes miró a Luján buscando apoyo, pero el comandante ya estaba sudando, mirando al piso, calculando cómo salvarse.
—Comandante —dijo Méndez—, necesito los registros de ingreso, bitácora, cámaras de vigilancia y folios de detención.
Luján tragó saliva.
—Las cámaras… creo que no estaban funcionando.
Valeria soltó una risa seca.
—Qué conveniente.
La mujer de asuntos internos levantó la vista.
—Entonces también agregaremos alteración u omisión de registros.
Paredes explotó.
—¡No pueden hacerme esto! ¡Yo solo estaba haciendo mi trabajo!
Don Mateo, todavía sentado, lo miró con una tristeza profunda.
—No, muchacho. Su trabajo era cuidar a la gente. No humillarla.
Por primera vez, Paredes no tuvo respuesta.
Entonces se escuchó otro vehículo.
Uno solo.
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