Negro.
Sin sirenas.
La puerta se abrió afuera. Los pasos que entraron después no eran apresurados. Eran firmes, pesados, de alguien que no necesitaba demostrar jerarquía porque la llevaba en la espalda.
El general Alejandro Cruz apareció en la entrada de la comandancia.
No venía con uniforme de gala, sino con uniforme de servicio. Aun así, todos se cuadraron de inmediato. Incluso Luján intentó pararse derecho, aunque le temblaban las manos.
Alejandro no miró a nadie al principio.
Solo buscó a su padre.
Cuando lo vio en la silla metálica, pálido, con la camisa arrugada y la mano sobre las costillas, el general dejó de ser general durante un segundo.
Fue hijo.
—Papá.
Don Mateo intentó sonreír.
—No era para tanto, Alejandro.
Valeria cerró los ojos.
—Sí era.
Alejandro se acercó a su padre y se inclinó frente a él.
—¿Puede levantarse?
—Con ayuda.
El general tomó su mano con cuidado.
Luego miró el rostro de Valeria.
La marca de la bofetada estaba más oscura.
Sus ojos se volvieron de piedra.
—¿Quién fue?
Nadie respondió.
Pero todos miraron a Paredes.
El oficial levantó las manos.
—Mi general, fue un malentendido.
Alejandro se puso de pie.
—¿Malentendido?
—Ellos se resistieron.
Valeria habló, fría.
—Mentira.
Paredes le apuntó con un dedo.
—Tú cállate.
No terminó la frase.
Méndez lo tomó del brazo y se lo torció hacia atrás con precisión. Paredes gritó mientras la macana caía al piso.
—No se dirija así a la teniente —dijo el capitán.
Alejandro no movió un músculo.
—Suelte al oficial solo cuando esté desarmado.
—Sí, mi general.
Paredes respiraba rápido. La arrogancia se le había convertido en sudor.
—Yo no sabía que era teniente.
Alejandro dio un paso hacia él.
—Vuelva a decir eso.
Paredes tragó saliva.
—No sabía…
—Exacto —lo interrumpió el general—. No sabía. Y por eso creyó que podía golpearla. Porque pensó que era una muchacha común. Porque vio a un anciano en un carro viejo y creyó que no importaba. Porque su uniforme le dio la ilusión de que la dignidad de la gente depende de cuánto miedo le tengan.
La comandancia quedó congelada.
Alejandro se acercó más.
—Mi hermana pudo defenderse. No lo hizo porque respeta la ley más que usted. Mi padre pudo pedir que yo moviera influencias. No lo hizo porque me enseñó que el uniforme no es para vengarse. Así que escúcheme bien, oficial Paredes: hoy no lo va a destruir mi apellido. Lo va a destruir su propio expediente.
Paredes bajó la mirada.
—Mi general, tengo familia.
Don Mateo soltó un suspiro.
—También la gente a la que le quitaste dinero.
La mujer de asuntos internos empezó a leer derechos y medidas. Paredes fue separado del servicio de inmediato mientras se iniciaba la investigación formal. Luján también quedó bajo revisión por permitir, encubrir y participar en las detenciones irregulares. Revisaron cajones, computadoras, archivos. En una gaveta encontraron sobres con efectivo y licencias retenidas. En otra, multas sin folio. En un bote de basura, varios papeles recién rotos.
Méndez miró a Luján.
—¿Tampoco sabía de esto?
El comandante no contestó.
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