Al mediodía, los de la mudanza sacaron las últimas cajas de la casa. Noah me tomó de la mano mientras entrábamos en un coche negro conducido por mi abogada, Evelyn Hart.
—¿Papá viene con nosotros? —preguntó en voz baja.
Contuve el dolor. —Hoy no, cariño.
A las cuatro, Daniel regresó con bolsas de compras de boutiques de lujo. Las cámaras de seguridad lo mostraron tarareando al entrar en la casa.
Entonces vio el silencio.
Ni juguetes. Ni fotos familiares. Ni ropa en los armarios.
Solo un sobre amarillo bajo la lámpara del comedor.
Mi teléfono sonó segundos después.
—¿Dónde estás? —gritó.
Oí el crujido del papel.
—En un lugar seguro.
—¿Qué demonios es esto?
«Papeles de divorcio. Avisos de cuentas congeladas. Y una fotografía».
Se quedó sin aliento.
La fotografía mostraba a Daniel y Vanessa saliendo de un hotel con Marcus Vale, el contratista del gobierno cuya investigación por soborno ya estaba en los titulares.
«Te equivocaste de mujer», susurré.