Se convirtió en una costumbre sin que ninguno de los dos lo anunciara jamás.
Mediodía. La misma mesa junto a la ventana. Las mismas dos sillas.
Casi todos los días traía el mismo tipo de sándwich, envuelto en papel encerrado como lo hace alguien que lleva décadas haciendo.
Traje lo que había logrado preparar esa mañana.
Hablamos de cosas sin importancia. El tiempo. Un libro que estaba leyendo. Su enfado por el ascensor que llevaba tres semanas fuera de servicio.
Nada importante, y sin embargo, todo importaba.
Charles siempre llevaba una pequeña libreta en el bolsillo de la camisa, con las esquinas desgastadas y redondeadas. Después del almuerzo, antes de levantarse para volver a su carrito, la sacaba y anotaba algo.
Rápido. Una o dos líneas.
Supuse que se trata de una lista de la compra, o recordatorios de mantenimiento, o algo igual de común.
Nunca.
Esa es la parte a la que siempre vuelvo. Ni una sola vez le pregunté qué estaba escribiendo.
Las bromas comenzaron gradualmente, como suele suceder con la mayoría de las crueldades.
“¿Otra vez a comer con tu novio?”, dijo alguien una tarde, sonriendo como si fuera lo más ingenioso que hubiera dicho en toda la semana.
Me reí porque eso es lo que hace la gente en momentos así.
—Charles es mejor compañía que tú —dije, y luego volvió a comer mi sándwich.
Pero la cosa no terminó ahí.
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