Se convirtió en una broma recurrente.
La gente miraba nuestra mesa y sonreía con sorna.
En una ocasión, alguien colocó un cartel falso de “reservado” en la silla de Charles a modo de broma.
Otra persona me preguntó, finciendo preocupación, si me inquietaba mi “trayectoria profesional” cuando me sentaba con el conserje todos los días, como si estar cerca de él pudiera de alguna manera influir en que me trasladaran a la tarea de fregar el suelo.
Ignoré cada uno de esos comentarios con una risa.
Pero reírse de algo no es lo mismo que no sentirlo, y la mayoría de las noches volvía a casa en coche repasando sus palabras, preguntándome si realmente me había convertido en el hazmerreír de la oficina.
Charles nunca pareció darse cuenta, o si lo hizo, nunca permitió que le afectara.
Un día, después de una serie de comentarios particularmente ruidosos de una mesa cercana, le preguntó:
“¿No te molesta lo que dicen?”
Se tomó su tiempo, bebiendo su café lentamente antes de responder.
“La gente hace más ruido cuando no entiende el valor del silencio.”
No entendí del todo lo que quería decir.
En aquel entonces no.
Los años pasaron como pasan cuando no prestas mucha atención.
Me ascendieron.
Esa tarde, Charles compró una magdalena en la gasolina de la calle y yo la deslizó por encima de la mesa. Sin tarjeta. Sin ningún gesto especial.
Simplemente lo colocó allí como si no fuera nada.
—No tienes que hacer eso, Charles —dije.
“Lo sé. Quería hacerlo.”
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