PARTE 1
Cada dos semanas, en cuanto recibía su sueldo, Martín volvía a casa en Nezahualcóyotl con la misma expresión de desánimo.
Trabajé en una fábrica de embalajes en Iztapalapa, de pie durante 10 horas entre maquinaria en llamas, con olor a plástico quemado y bajo los gritos de un supervisor que vociferaba como si la vida de todos dependiera de él.
Pero lo que más le preocupaba no era su trabajo.
Simplemente tuvo que volver a casa y darle su tarjeta de crédito a su esposa, Maribel.
Esa tarde, tiró su mochila junto al viejo sillón y sacó su cartera.
—Toma —dijo, dejando la nota sobre la mesa—. Pero dame al menos 300 pesos. Es el cumpleaños de Chuy y todos estarán bebiendo cerveza.
Maribel estaba sentada con un cuaderno rayado, una calculadora y varios recibos doblados.
Ni siquiera alzó la voz.
—No puedo, Martín. Tengo las facturas de la luz, el agua y el alquiler vencidas. Te puedo dar 30 para el autobús y 20 para el móvil.
Martín rió amargamente.
—¿50 pesos? ¿En serio? Me mato a trabajar toda la semana y me das dinero como si fuera un estudiante de secundaria.
Apretó el bolígrafo entre sus dedos.
-Eso no es todo.
—Claro, eso es. Tú decides todo. Te quedas con mi tarjeta. Tú pagas. Tú te encargas. Y yo me quedo ahí parado, pareciendo un idiota, incapaz siquiera de comprarme un par de zapatillas decentes.
Maribel bajó la mirada.
Llevaban diez años casados y cinco años viviendo en esa pequeña y húmeda casa alquilada, con techo de chapa en la parte trasera y una pared que se desconchaba cada vez que llovía.
Martin odiaba esa casa.
También odiaba ser objeto de burlas por parte de sus compañeros en la fábrica.
—¿Otra vez roto, amigo?
—Tu madre te vigila mucho.
—Ni siquiera la mía me vigilaba tanto.
Se rió para no parecer molesto, pero en su interior crecía una ira terrible.
Maribel nunca se compraba nada para sí misma.
No tenía ninguna intención de ir a la peluquería.
No llevaba ropa nueva.
No pidió comida.
Si Martín quería tacos, ella le preparaba frijoles horneados.
Si quería ir al cine, ella le decía que preferían ver una película en la televisión.
Si le pedía dinero para una barbacoa, ella le respondía:
—Esto cubre la mitad de la factura del gas.
Con el tiempo, Martín empezó a sospechar algo.
Pensaba que Maribel enviaba dinero en secreto a su familia en Puebla. O peor aún, que tenía ahorros ocultos que quería dejarles algún día.
La gota que colmó el vaso fue su aniversario de bodas.
Martin llegó tarde a casa, cansado y de mal humor, con la esperanza de encontrar arroz recalentado.
Pero ya se habían sentado las bases.
Había pollo asado, sopa de macarrones, tortillas calientes, refresco de manzana e incluso un pequeño flan.
Maribel llevaba un sencillo vestido rojo, el mismo que usaba cuando salían juntos y paseaban de la mano por la Alameda.
—Feliz cumpleaños, Martin —dijo ella, sonriendo nerviosamente.
No sonrió.
—¿Y con qué dinero lo compraste?
Maribel estaba congelada.
Antes de que pudiera responder, su teléfono móvil vibró sobre la mesa.
Martin logró leer el mensaje.
—Señora Maribel, firmaremos mañana. Traiga la balanza. — Ernesto
El rostro de Martín se endureció.
—¿Ernesto? —preguntó, con la voz quebrándose de ira—. ¿Quién demonios es Ernesto?
Maribel palideció.
—Martín, espera…
Pero él ya había cogido su teléfono móvil.
¡Cinco años en los que me quitan el dinero y se lo dan a algún otro desgraciado!
Maribel abrió un cajón, sacó un grueso sobre amarillo y se lo entregó con manos temblorosas.
—Primero que nada, abre esto.
Martin miró el sobre como si fuera una bomba.
Y al abrir la solapa, sintió que el aire se le atascaba en el pecho.
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