Entró a la gala con su amante a su lado y alzó su copa por «la mujer que de verdad lo comprendía».
Su esposa embarazada estaba a solo tres metros de distancia, sonriendo porque todas las cámaras los apuntaban.
Al amanecer, su fortuna, su nombre y la mentira impecable que había construido se derrumbarían ante la prueba oculta en su bolso.
Clara Donovan presentía que algo andaba mal incluso antes de que Richard apartara la mirada.
Todo comenzó cuando el salón de baile se sumió en un silencio fragmentado, no de golpe. Primero, las mujeres reunidas cerca de la torre de champán dejaron de reír. Luego, los hombres mayores junto a la barra de mármol giraron lentamente la cabeza con la curiosidad voraz y ansiosa que la gente adinerada mostró cuando un escándalo irrumpía en una sala cubierta de diamantes. Después, los fotógrafos tras las puertas arqueadas volvieron a alzar sus cámaras, aunque la llegada oficial había terminado veinte minutos antes.
Clara estaba de pie junto a una columna cubierta de orquídeas blancas, con una mano apoyada bajo la curva de su vientre de seis meses de embarazo y la otra aferrada con tanta fuerza a un bolso de mano plateado que le palpitaban los dedos.
A su alrededor, el Grand Whitmore Hotel resplandecía como si la sala misma no tuviera vergüenza. Lámparas de araña de cristal derramaban luz dorada sobre el mármol pulido. Los camareros se movían como sombras, llevando bandejas de champán y cucharitas con caviar. Mujeres con vestidos de seda se inclinaban unas hacia otras, finciendo murmurar sobre la subasta benéfica mientras sus miradas se desviaban constantemente hacia la entrada.
Clara siguió con la mirada.
Richard Donovan entró del brazo de Sabrina Cole.
No caminando a su lado.
Del brazo.
Había una distinción, y todos en aquel salón sabían exactamente lo que significaba.
Sabrina llevaba un vestido carmesí que parecía más un anuncio de triunfo que un halago. Su cabello caía en brillantes ondas sobre un hombro. Diamantes brillaban en sus orejas. Una mano descansaba sobre la manga de Richard con aire posesivo, sus dedos enganchados en la tela negra de su esmoquin como si ya hubiera entrado en la vida que Clara aún debía adornar.
Richard no parecía avergonzado.
Eso era lo que Clara recordaría después.
Ni los susurros. Ni las cámaras. Ni la risita desagradable que la señora Harrington soltó cerca del bar.
Richard parecía orgulloso.
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