“No quiero morir solo.”
Su voz se quebró.
No por dolor.
Por miedo.
Elena lo miró en silencio.
“No lo harás.”
Esa simple promesa destrozó algo en su interior.
Porque nadie había prometido quedarse antes.
Pasaron las semanas.
Luego meses.
Y lentamente, de forma casi imposible, la mansión se transformó.
Las risas volvieron.
La música regresó.
Regresaron las comidas calientes.
Emma comenzó a correr por pasillos que antes habían estado sumidos en el silencio.
Al principio, escondía a escondidas trozos de pan debajo de la almohada todas las noches, aterrorizada de que la comida volviera a desaparecer.
Cuando Elena lo descubrió, lloró en privado en el baño, donde Emma no la vería.
Daniel dio instrucciones discretas al personal de cocina para que nunca sacaran el pan escondido.
En cambio, cada mañana lo sustituían por pasteles recién hechos.
Poco a poco, Emma dejó de esconder la comida.
Poco a poco, el miedo que sentía comenzó a desvanecerse.
Y en algún momento, durante las conversaciones nocturnas, los desayunos compartidos, las tardes tranquilas en el jardín y el ritmo apacible de simplemente existir juntos…
Daniel se dio cuenta de algo aterrador.
Se había enamorado.
No es el tipo de amor que nace de la atracción o la obsesión.
Algo más profundo.
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