Había cambiado las alas por la estabilidad. La aventura por la seguridad. La emoción de volar por cuentos para dormir, panqueques y ver crecer a su hija.
Pero ahora comprendía algo nuevo.
La promesa nunca había consistido en mantener los pies en la tierra.
Nunca se trató de negar quién era.
Siempre se había tratado de volver a casa.
Sobre estar allí. Sobre amarla más que a nada.
Incluso cuando el cielo lo llamó de vuelta, cuando todo estaba al borde del abismo, él había hecho lo que tenía que hacer para regresar.
Eso no era romper una promesa.
Eso era quedarse con uno.
Se inclinó y besó la frente de Zoey.
“Duerme bien, niña. Papá está en casa. Papá siempre volverá a casa”.
Fuera de la ventana, brillaban las estrellas: las mismas estrellas por las que se guiaban los pilotos, a las que los soñadores pedían deseos y que los padres señalaban a sus hijos en las claras noches de verano.