Las lágrimas me brotaron de los ojos, pero las dejé caer. Quizás nunca pueda perdonar al conductor, al menos no ahora. Ya basta de que extraños hablen por mi hijo. No más palabras prestadas, no más secretos. Me incorporé y exhalé hasta que el temblor en mi pecho disminuyó tras apoyar la palma de la mano contra la piedra dura y fría. Sabía que tenía la fuerza para soportar la agonía, aunque seguía ahí y siempre estaría. Era el dolor puro e indiscutible de la verdad.