—Sí —respondió Sofía.
—Entonces échale ganas. Aquí no basta con ser buena gente.
La frase sonó como consejo. Era desprecio.
Sofía no contestó. Su padre le había enseñado desde niña que no todo ataque merece respuesta.
—La gente muestra quién es cuando cree que nadie importante la está viendo —le decía él.
Lo que nadie sabía era que su padre sí era importante. Muy importante.
Rafael Márquez Rivas era fundador de Grupo Márquez, uno de los conglomerados más grandes de México, con inversiones en construcción, energía, logística y tecnología. Las revistas financieras lo llamaban “el hombre que movía medio país”.
Para Sofía, era solo papá.
Un hombre que le hacía café de olla los domingos, que todavía le preguntaba si había comido bien y que le había pedido una cosa antes de iniciar sus prácticas:
—No entres con mi apellido completo. Aprende primero cómo trata el mundo a quien cree que no puede devolver el golpe.
Sofía obedeció. Usó el apellido de su madre en la solicitud y ocultó cualquier vínculo familiar. Quería ganarse su lugar.
Pero después de 3 meses, ya había entendido la lección.
Le pedían reportes a las 10 de la noche. Le dejaban imprimir, servir café, corregir gráficas y preparar análisis completos que luego aparecían en juntas con el nombre de Mariana. A veces, cuando salía tarde, escuchaba risas.
—La becaria sí se está tomando en serio su esclavitud.
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